Dios el Padre GHERADO Starnina 1482
Del libro de Donoso Cortéz
Cuando todas las criaturas angélicas estaban obedientes a la voz de
su Hacedor, mirándose en su rostro, anegándose en sus resplandores y
moviéndose sin tropiezo y con una concertada armonía al compás de su
palabra, sucedió que entre los ángeles el más hermoso apartó los ojos de
su Dios para ponerlos en sí mismo, quedando como arrebatado en su
propia adoración y como extático en presencia de su hermosura.
Considerándose como subsistente por sí y como el último fin de sí
propio, quebrantó aquella ley universal e inviolable según la cual lo
que es diverso tiene su fin y su principio en lo que es uno, que,
comprendiéndolo todo y no siendo comprendido por nada, es el continente
universal de todas las cosas, así como es el potentísimo Criador de
todas las criaturas.
Aquella rebeldía del ángel fue el primer
desorden, el primer mal y el primer pecado, raíz de todos los pecados,
de todos los males y de todos los desórdenes que habían de venir sobre
la creación, y en particular sobre el humano linaje, en los tiempos
subsiguientes.
Porque como el ángel caído, sin hermosura ya y sin
luz, viese al hombre y a la mujer en el paraíso, tan limpios,
resplandecientes y hermosos con los resplandores de la gracia, sintiendo
en sí honda tristeza por el ajeno bien, formó el propósito de
arrastrarlos en su condenación, ya que no le era dado igualarse con
ellos en su gloria; y tomando la figura de la serpiente, que en adelante
había de ser símbolo del engaño y de la astucia, horror de la
naturaleza humana y asunto de la cólera divina, entró por las puertas
del paraíso terrenal y, deslizándose por sus hierbas frescas y olorosas,
circundó a la mujer con aquellas sutilísimas redes en que cayó su
inocencia, con pérdida de su ventura.
Nada hay que iguale a la
sublime sencillez con que resplandece la relación mosaica de esta
solemne tragedia, cuyo teatro era el paraíso terrenal, cuyo testigo era
Dios, cuyos actores eran, por una parte, el Rey y Señor de los abismos;
por otra, los reyes y señores de la tierra, cuya víctima había de ser el
género humano y cuyo desenlace triste y lloroso habían de lamentar la
tierra en sus movimientos, los cielos en sus cursos, los ángeles en sus
tronos y los desventurados hijos de aquellos padres desventurados en
estos nuestros valles sin luz, con perpetuas lamentaciones.
«¿
Por
qué os ha prohibido Dios comer el fruto de todos los árboles del
paraíso?» De esta manera comenzó su plática la serpiente, y luego al
punto sintió la mujer despertarse en su corazón aquella vana curiosidad,
causa primera de su culpa. Desde este momento, su entendimiento y su
voluntad, acometidos no sé de qué desmayo suave, comenzaron a apartarse
de la voluntad de Dios y del entendimiento divino.
«El día en que
de este fruto comáis se abrirán vuestros ojos y seréis a manera de
dioses, conocedores del bien y del mal». Bajo la influencia maléfica de
esa palabra, sintió la mujer en su corazón los primeros vértigos del
orgullo; poniendo los ojos en sí con complacencia, la faz de Dios se le
veló en aquel punto.
Orgullosa y vana, puso los ojos en el árbol
de las ilusiones infernales y de las amenazas divinas, y vio que era
hermoso a la vista, y adivinó que había de ser sabroso al paladar, y
sintió abrasarse sus sentidos con el hasta entonces desconocido incendio
de corrosivos deleites; y la curiosidad de los ojos, y el deleite de la
carne, y el orgullo del espíritu, juntos en uno, acabaron con la
inocencia de la primera mujer y luego con la inocencia del primer
hombre, y las esperanzas atesoradas para su descendencia se tornaron en
humo desvanecido en el ambiente.
Y luego se conturbó el universo
todo cuan grande es; y el desorden, comenzando en lo más alto de la
escala de los seres creados, fue comunicándose de unos en otros, hasta
no dejar ninguna cosa en el lugar y punto en que había sido puesta por
su Hacedor soberano. Aquel anhelo ingénito en toda criatura por subir y
remontarse hasta el trono de Dios se trocó en anhelo por bajar hasta no
sé qué abismo sin nombre, como quiera que apartar los ojos de Dios era
como buscar la muerte y despedirse de la vida.
Por mucho que
ahonde el hombre en el abismo sin fin de la sabiduría, por alto que se
remonte en la investigación de los más recónditos misterios, ni se
remontará tanto ni ahondará tanto que sea poderoso para rodear con sus
ojos el grande estrago de aquella primera culpa, en la que todas las
siguientes estaban cerradas como en su fertilísima semilla.
No;
no puede el hombre, no puede el pecador, ni concebir siquiera la
grandeza y la fealdad del pecado. Para entender cuán grande es y cuán
terrible y cuán henchido está de desastres, era menester dejar de
considerarle desde el punto de vista humano, para considerarle desde el
punto de vista divino, como quiera que siendo la Divinidad el bien, y el
pecado el mal por excelencia; siendo la Divinidad el orden, y el pecado
el desorden; siendo la Divinidad una afirmación completa, y el pecado
una negación absoluta; siendo la Divinidad la plenitud de la existencia,
y el pecado su absoluto desfallecimiento; entre la Divinidad y el
pecado, así como entre la afirmación y la negación, entre el orden y el
desorden, y entre el bien y el mal, y entre el ser y el no ser, hay una
distancia inconmensurable, una contradicción invencible, una repugnancia
infinita.
Ninguna catástrofe es poderosa para poner turbación en
la Divinidad ni para alterar la quietud inefable de su rostro. Vino el
diluvio universal sobre las gentes, y vio Dios la tremenda inundación,
considerada en sí misma y separada de su causa, con sereno semblante,
porque sus ángeles eran los que, obedientes a su mandato, abrían las
cataratas del cielo, y porque su voz era la que mandaba a las aguas que
encumbraran los montes y que rodearan todo el orbe de la tierra. Vienen
de los puntos del horizonte nublados que se juntan como un negro
promontorio, y el rostro de Dios está tranquilo, porque su voluntad es
la que hace los nublados, su voz es la que los llama, y ellos vienen; la
que les manda que se junten, y ellos se juntan; Él es el que envía los
vientos que los han de llevar sobre alguna ciudad pecadora y el que, si
así cumple a sus designios, prende y ata las aguas, y detiene el rayo en
la nube, y con delgado soplo la va desvaneciendo por los aires. Sus
ojos han visto levantarse y caer todos los imperios; sus oídos han
escuchado las plegarias de naciones asoladas por el hierro de la
conquista, por el azote de la peste, por la servidumbre y por el hambre;
y su rostro ha permanecido sereno e impasible, porque es el que hace y
deshace como vanos juguetes los imperios del mundo, Él es el que pone el
hierro en la diestra de los conquistadores, Él es el que envía los
tiranos a los pueblos culpables y el que oprime a las naciones
descreídas con el hambre y con la peste cuando así cumple a su justicia
soberana.

Hay un lugar pavoroso, asunto de todos los horrores, y
de todos los espantos, y de todos los tormentos, en donde hay sed
insaciable sin ninguna fuente, hambre perpetua sin género de hartura; en
donde los ojos no ven nunca ningún rayo de luz, ni los oídos oyen
ningún sonido apacible; en donde todo es agitación sin reposo, llanto
sin intermisión, pesar sin consuelo. Todas son allí puertas de entrada,
ninguna de salida. En su dintel muere la esperanza y se inmortaliza la
memoria. Los términos de ese lugar, Dios sólo los conoce; la duración de
esos tormentos es de una sola hora, que nunca se acaba. Pues bien: ese
lugar maldito, con sus tormentos sin nombre, no alteró el semblante de
Dios, porque Él mismo le puso en donde está, con su mano omnipotente.
Dios hizo el infierno para los réprobos, como la tierra para los hombres
y el cielo para los ángeles y para los santos. El infierno denuncia su
justicia, como la tierra su bondad y el cielo su misericordia. Las
guerras, las inundaciones, las pestes, las conquistas, las hambres, el
infierno mismo, son un bien, como quiera que todas estas cosas se
ordenan convenientemente entre sí con relación al fin último de la
creación y que todas ellas sirven de provechosos instrumentos de la
justicia divina.
Y porque todas son un bien y porque han sido
hechas por el autor de todo bien, ninguna de ellas puede alterar ni
altera la inenarrable quietud y el inefable reposo del Hacedor de las
cosas. Nada le pone horror sino lo que Él no ha hecho, y como ha hecho
todo lo que existe, nada le pone horror sino la negación de lo que Él ha
hecho; por eso le pone horror el desorden, que es la negación del orden
que Él puso en las cosas, y la desobediencia, que es la negación de la
obediencia que se le debe.
Esa desobediencia, ese desorden, son
el supremo mal, como quiera que son la negación del supremo bien en lo
cual consiste el mal supremo. Pero la desobediencia y el desorden no son
otra cosa sino el pecado; de donde se sigue que el pecado, negación
absoluta por parte del hombre de la afirmación absoluta por parte de
Dios, es el mal por excelencia y el único que pone horror a Dios y a sus
ángeles.
El pecado vistió al cielo de lutos, al infierno de
llamas y a la tierra de abrojos. Él fue el que trajo la enfermedad y la
peste, el hambre y la muerte sobre el mundo. El que cavó el sepulcro de
las ciudades más ínclitas y llenas de gente. Él presidió los funerales
de Babilonia, la de los ostentosos jardines; de Nínive, la excelsa; de
Persépolis, la hija del Sol; de Menfis, la de los hondos misterios; de
Sodoma, la impúdica; de Atenas, la cómica; de Jerusalén, la ingrata; de
Roma, la grande; porque aunque Dios quiso todas estas cosas, no las
quiso sino como castigo y remedio del pecado. El pecado saca todos los
gemidos que salen de todos los pechos humanos y todas las lágrimas que
caen gota a gota de todos los ojos de los hombres, y lo que es más
todavía, y lo que ningún entendimiento puede concebir ni ningún vocablo
expresar: él ha sacado lágrimas de los sacratísimos ojos del Hijo de
Dios, mansísimo Cordero, que subió a la cruz cargado con los pecados del
mundo. Ni los cielos, ni la tierra, ni los hombres le vieron reír, y
los hombres, y la tierra, y los cielos le vieron llorar, y lloraba
porque tenía puestos sus ojos en el pecado. Lloró sobre el sepulcro de
Lázaro y en la muerte de su amigo nada lloró sino la muerte del alma
pecadora. Lloró sobre Jerusalén, y la causa de su llanto era el pecado
abominable del pueblo deicida. Sintió tristeza y turbación al poner los
pies en el huerto, y el horror del pecado era el que ponía en Él aquella
turbación insólita y aquel paño de tristeza. Su frente sudó sangre, y
el espectro del pecado era el que hacía brotar en su frente aquellos
extraños sudores. Fue enclavado en un madero, y el pecado le enclavó, el
pecado le puso en agonía y el pecado le dio la muerte.

