CÓMO NOS CONFUNDIREMOS CON LO QUE VEMOS EN LA TIERRA


[Las
criaturas inanimadas]
Si
entre los prisioneros y culpados se halla el hombre más culpado ¿qué hará
ante los que no tienen culpa, como son las criaturas inanimadas y las sólo
vegetativas y las sensitivas irracionales, en las cuales nunca faltó ni
faltará la obediencia del Criador? ¡Oh, con cuánta razón se puede confundir
el hombre por su inobediencia, pues él solo deja de guardar su naturaleza! Y
para esto, confúndase en la tierra, viendo cómo ella produce frutos y él
está seco, infructuoso.
Confúndase en el agua, pues, dándosela el Criador para regar sus campos, y para satisfacer su sed, se alza con ella y la niega al
mismo Criador cuando la deja de dar al pobre que se la pide en su nombre. Mire
cómo el fuego le vuelve sabrosa la carne cruda, tratando él con crueldad la
carne del prójimo. Considere que con el aire en cada momento es sustentada su
vida, por lo cual queda obligado de emplear continuamente en el servicio del
que se la da, y confúndase de verla tan poco empleada en este fin. Contemple
entre las criaturas insensibles las piedras, porque se hicieron pedazos en la
pasión de su Criador, y él está más duro que ellas en este sentimiento.
Vuélvasele en amargura la dulcedumbre de la miel, considerando cuan amargo es
para con su Dios. Confúndase con el olor de las flores, viendo la hediondez de
sus pecados.
[Los
vegetales]

Y
tras esto confúndase en ver cuán mal guardó el fin de su criación, pues era
justo que, si descanso recibía de las criaturas, que también fuese descanso
del mismo Dios. No porque haya falta de descanso en su divina Majestad, mas
dícese en cuanto por su gran bondad tiene por su descanso y asiento el ánima
del justo, y su deleite es con los hijos de los hombres,' los cuales en pago del
descanso que reciben le dan trabajo y de tal manera que se queja el Señor por
Isaías diciendo laboravi sustinens, que quiere decir: trabajé
sufriéndolo. ¡Oh, qué palabra para nuestra confusión, pues con trabajo
sufre Dios nuestras obras, habiendo ellas de ser para su descanso! Y así, no
dijo de los animales que le pesaba haberlos criado y dijo que le pesaba haber
hecho, el hombre.
Oh,
polvo y ceniza, humíllate y llora con estas palabras, y así mismo cuando ves
el servicio y descanso que te dan las criaturas. Confúndete, pues no haces la
paga en la misma moneda; y cuando das de comer a tus bestias, piensa que con
más justicia les sirves tú a ellas, pues no fueron ingratas ni rebeldes a su
Criador. Si quieres bien entender tu ignorancia, considera la prudencia de las
serpientes, porque de ellas se dice que ponen el un oído en la tierra y con la
cola se cierran el otro por no oír las voces de los encantadores. Confúndete,
pues, con la prudencia de este animal. viendo que aun eso no sabes tú hacer,
cerrando tus oídos a las ilusiones y tentaciones del encantador, que es el
demonio. Si quieres conocer tu pereza, la hormiga te la mostrará en la
provisión que hace en el verano del grano del trigo para mantenerse en el
invierno en el tiempo de su necesidad. Mira tú, pecador, cómo se te pasa el
tiempo sin proveerte de obras meritorias para el día de tu muerte, y hallarás
que la hormiga te reprende y de ella puedes ser enseñado y con ella te puedes
justamente confundir. Y si más quisieras dilatar la materia, discurre por las
abejas y por los gusanos de la seda y por las otras criaturas, y descubrirás
cosas admirables y muy dignas de tu confusión, las cuales se dejan de escribir
por excusar prolijidad y porque no se tiene fin sino a señalar las materias,
dejando lo demás a los mejores y más claros entendimientos. Solamente te queda
la confusión cuando ves las criaturas, teniendo por cierto que todas las veces
que ofendiste al Criador mereciste no sólo perder el servicio que te hacen, mas
aún que se levantaran contra ti, haciendo la venganza de tu pecado. Por donde
como ves que no han ejecutado la sentencia y que aún te sirven, debes con gran
humildad hacer infinitas alabanzas a la divina misericordia y con nuevos
propósitos ofrecerte a su divino beneplácito.
De
una sola cosa te advertiré en la consideración de los brutos animales, la cual
podría dañar para perder la confusión. Y es que, cuando se ve el puerco
metido en el lodo, podría pensar alguno que no es tan sucio como él, y
asimismo cuando ve el perro que se vuelve a lo que vomitó, podría decir lo
mismo. Y para que cada uno sepa en esto juzgar de las cosas, hase de entender
que ninguna cosa es en sí mala sino en cuanto es tenida por mala delante de
Dios, y como aquellas cosas en los brutos animales sean naturales, en sí no son
malas, ni delante el Criador son tenidas por malas. Mas guay de ti, pecador, que
siguiendo el puerco su naturaleza, tú dejes de seguir la tuya cuando dejas de
amar y servir a tu Dios. Y guay de ti que cuando estás en el pecado te
revuelves en el más hediondo cieno que el puerco, y cuando vuelves al pecado
que dejaste, vuelves corno el perro a su vómito. Confúndete, pues, de esto que
es abominable a tu Dios, y no pares en lo que hacen los animales irracionales,
sino en lo que tú haces, teniendo juicio de razón y libertad para ejercitarte
en el bien.

Viniendo
ahora a tratar de cómo te has de confundir con las criaturas racionales, que
son tus prójimos, hallarás en ellos tres maneras: unos superiores, otros
iguales y otros inferiores. De los superiores poco diré, pues
por su autoridad y por el poderío que en ti tienen, debes delante de ellos
estar tan humillado, que a no estarlo te faltaría el uso de la razón, viendo
lo que representan; y así te confundirás con temor. Porque siendo ministros
de-Dios, no han hecho justicia de ti, habiendo sido traidor a su divina
Majestad. Por lo cual, cuando te mandan hacer algún servicio o te reprendieren
o castigaren, aunque a otros parezca duro el castigo, a ti debe parecer muy
blando, cotejando con lo que mereces y con el servicio que te mandaba hacer el
demonio tu príncipe tirano cuando andabas debajo de su bandera por el pecado,
pues entonces se servía de ti en cosas no sufrideras por ser abominables hasta
hacerte ser verdugo, Y esto era cuando te hacía homicida o por la obra o por el
consentimiento, y finalmente te hacía un carretero del infierno de cuerpos y
almas hediondos, cuando, o por tu mal ejemplo, o por tus persuasiones, les
hacías caer en el pecado.

Con
los iguales te confundirás, no teniéndote por merecedor de llamarte
igual aunque lo seas en el estado o en el oficio, sino que has de pensar que
como él sea delante de Dios mayor en virtudes, no te puedes tener por su igual.
Y para que con toda verdad tengas esta humildad en tu corazón, entra bien en
él y hallarás que de ninguno sabes de cierta ciencia lo que de ti sabes en los
malos pensamientos y desordenados deseos y otros géneros de pecados interiores.
Pues luego síguese, como tú seas cierto de tus pecados y que los del prójimo
o no los sabes o los entiendes por sospechas que suelen ser falsas, harías
temerario y falso juicio si no te tuvieses por más pecador; por donde, si eres
mayor en los pecados, en el divino acatamiento no eres su igual, por lo cual
andarás así confundido delante tus iguales y juzgando con tal medida que, si
vieres al prójimo enfermo estando tú sano, no oses levantarte con vanos
pensamientos, mas con mayor confusión consideres que, si está enfermo, es
tratado del Padre celestial como hijo regalado. Y que si tú estás sano, no
mereces la corrección paterna y llena de amor. Y por el contrario, cuando te
vieres enfermo, piensa que por tus pecados lo estás, y si él está sano, es
por estar ya purificado y tener poco que satisfacer. Asimismo, si te vieres
rico, teme aquella palabra del Señor que dice: ¡Oh, con cuánta
dificultad entran los ricos en el cielo! Y si tu prójimo lo estuviere,
puedes pensar que por ser fiel despensero de la hacienda del Señor le es
acrecentado el talento. Y si tú te vieres pobre, échalo al justo juicio de
Dios, que es por haber tú disipado los bienes espirituales que Dios puso en tu
ánima, o por no haber socorrido según tu facultad a la necesidad de los
pobres, o en oraciones o en limosnas. Así también, si vieres que tu vecino
está pobre, piensa que el Señor le cumple sus deseos por conformarle con la
pobreza de su unigénito Hijo. Y habiéndote de esta manera con el prójimo,
teniéndole en la cuenta que debes, vendrás a conocer en la que te debes de
tener, para lo cual andarás lleno de confusión.



Porque en esto hay gran engaño por dos cosas: la una, porque ninguno es buen juez en causa propia; y la otra, porque así por la lisonja como por falta de lumbre, pocos juzgan con verdad las cosas, alabando a los maliciosos de avisados y a los mofadores de sabios, siendo todo al revés. Por esto es lo más seguro en los dones, así de gracia como, de naturaleza, tener el engaño en nosotros y dar gloria a Dios en todo lo que viéremos nuestros prójimos, sintiendo siempre lo mejor. Y si por caso dicen o hacen alguna cosa que no parezca buena, nunca jamás se juzgue, pues no somos jueces sino de nosotros mismos, mas antes la debemos echar siempre a la mejor parte, excusándola, o no mirar en ella, sino volver a considerar otras buenas palabras que ha dicho o que ha hecho, y poniendo delante sus virtudes y por otra parte nuestros vicios por no perder ningún grado de la confusión, en tanto que, aunque los viésemos pecar mortalmente, habríamos luego de pensar, o que lo hacen con ignorancia, o que luego se arrepintieron y están ya en gracia, y que aquello les será causa para que haciendo más penitencia tengan más grado de gloria. Y aun para más guardar la dicha confusión, téngase cuenta en la conversación, donde los peligros suelen ser mayores. Cuando se trata de mansedumbre, acuérdate de tus iras. Cuando hablan de cosas hermosas, acuérdate de la fealdad de tus pecados. Cuando tratan de la gran potencia de los grandes, mira tu nada y lo poco que puedes aunque algunas veces lo determinas de hacer. Cuando hablan de avaricia, de tus desordenados deseos. Cuando hablan de humildad, de tus soberbias. De manera que por los vicios, acordándonos de nuestros defectos, y por las virtudes, viendo las que nos faltan podemos tener memoria de nuestra confusión para más guardarla, especialmente donde ella más riesgo corre, como es en las humanas conversaciones.

[Diversos
estados y condiciones de Personas]
Comenzando
ahora a entrar en nuestra propia confusión, pasaremos por algunos puntos, y
dejando la profunda consideración al lector que quisiere aprovechar el cual, si
fuere prelado, se debe confundir en lo poco que hace por sus ovejas, viendo
decir a Cristo yo pongo mi alma por las mías. Mire, no
sabiéndoles aún los nombres, cómo dará cuenta particular de sus pecados. Y
si es sacerdote, confúndase oyendo decir al Señor en el evangelio: qui
mihi ministrat me sequatur. Y considerando las pisadas que te mandan seguir
y mirando a quien tienes en las manos en el sacrificio, y después lo que pasó
por ellas, confúndase. El predicador se confunda de ejercitar el
oficio de Cristo, mírele en el desierto dándole ejemplo y mostrándole los
aparejos que ha de hacer, y si sus obras no son conformes con sus palabras,
tanto más se confunda. Mire que siendo eloquia Domini eloquia casta,
cuando no pasan por vasos limpios son dignos de gran confusión. Póngale temor
que en el salmo: peccatori dixit Deus ¿quare tu enarras iustitias meas et
assumis testamentum meum per os tuum? Que quiere decir: al pecador dijo
Dios: ¿Por qué osas poner en tu boca mi testamento? Pues, si el Apóstol,
predicando a otros, temía ser reprobado, confúndase cualquier otro con gran
temor y humildad. Confúndanse los maestros o doctores como más necesitados de
esta santa confusión. Porque dice el Apostol quod scientia inflat. Pues
el que con ella se tiene en más, sepa que sabe más de lo que ha menester, y
que le confunde el Apóstol diciendo: non plus sapere quam oportet sapere,
que quiere decir: no sepáis más de lo que conviene.
Confúndanse
los discípulos, allende de la causa de confusión que les da su ignorancia,
pues, si no los enseñasen, serían como bestias fieras; confúndanse en lo poco
que aprovechan a sí y a los otros con la ciencia, pues cuanto más saben, tanto
más obligados están al trabajo, según está escrito: qui addidit
scientiam addidit et dolorem que quiere decir quien añade en ciencia,
añade en dolor y trabajo.
Y
si fuere religioso, con mayor confusión se debe confundir
delante el infiel, judío y cristiano secular, considerando la lumbre de fe, el
dulce yugo, la vida sin cuidado que por especial privilegio le ha sido dada.
Confúndase de ser escogido entre millares que fueran agradecidos, siendo él
tan ingrato. Confúndale la compañía de los ángeles en el coro, al negligente
y derramado. Confunda al perezoso el servicio que de sus hermanos recibe en la
cocina y crifermeria, y sepa que ni de servir ni de ser servido es digno.
Confundanle todos los manjares en el refectorio que le pone Dios delante, hecho
su mayordono, sin ningún trabajo y solicitud suya, los hábitos que le visten y
todas las alhajas que le sirven y con todas estas cosas los hombres que en ellas
trabajaron, los campos que las dieron, los medios con que a su servicio
vinieron. Y sobre todo le confunda el nombre de siervo de Dios, siendo muchas
veces su enemigo; nombre es este de que se preció nuestra Reina y Señora por
su humildad y es de gran confusión y condenación al soberbio.



Si fuere rey o príncipe en la tierra, confúndase de verse en el estado del cual huyó Cristo, queriéndole hacer rey. Pues ¿cómo piensa emprender cargo que Cristo dejó, si no es teniendole por cruz y llevándole por el mismo Cristo? Si fuere señor de estado, confúndase en la diligencia de cobrar las rentas y en la negligencia de quitar los pecados públicos. Tema en gastar la hacienda como si fuese suya propia. Y confúndase cuando piensa hacer mucho en dar algo de limosna, considerando cuánto más hace Dios en recibirla que él en darla, en cuanto él paga con lo ajeno, y Dios queda pagado con lo suyo propio. Y de aquí sacará cuánto más se debe confundir si la gasta en su propia voluntad.
Mire
el caballero que, para defender el evangelio y para celar la honra de
Dios, se pone él espada, y si por tocarle en su honra se olvida de esto, sepa
que se vuelve perseguidor del evangelio. Pues, confúndase como traidor a su
Dios, y mire que si en la tierra le llaman honrado, en el infierno le tienen por
cativo y en el cielo por abatido y aleve. Si fuere comendador de algún
Orden, confúndase del descuido que tiene de guardar al Señor su promesa
de los votos que en su profesión hizo, no sufriendo él que nadie deje de
cumplir lo que le promete sin notable venganza. El criado se confunda
en la solicitud de medrar y privar con su señor, considerando que, si alguna
hubiera puesto en el servicio del soberano Señor, ya estuviera medrado, porque
sólo el servir a Dios es reinar. Mire el juez con el rigor que quiere que
sea ejecutada su sentencia, y confúndase en cuán poco teme el rigor de la
justicia divina como está escrito: iudicium durissimum his qui praesunt
fiet, es a saber: juicio durísimo se hará a los que presiden.
El abogado se confunda de verse defensor de causas ajenas, dando tan
mal recaudo en las propias de su conciencia. Mire en cuántos puntos le gana el
demonio, y conozca la necesidad que tiene de abogados, y no se levante siéndolo
de los otros, mas confúndase acordándose de esto. Si fuere médico, mire,
cuando está enfermo, cómo quiere ser curado, y tras esto lo que él hace con
los enfermos, que siempre hallará en que confundirse. Y cuando otra cosa no
sea, entre bien en sí y mire sus llagas y confúndase del nombre de médico,
pues sabe más de enfermar que de sanar. Los mercaderes miren la
solicitud que tienen de comprar barato y vender caro, y confúndanse en su
ignorancia, que dejan de comprar el reino del cielo que se vende sin precio y
graciosamente, y van a comprar el infierno que se compra caro y se posee con
dolor. Viniendo ahora a los oficiales de la república, confúndase
el sastre en el cuidado de dar buen talle a la vestidura que corta, acordándose
cuán mal talle ha dado a la vestidura de inocencia que se le dio en el
bautismo. Y confúndase el zapatero que, aun en la suela dura del zapato entra
con su aguja, no entrando en él las santas inspiraciones.
Pues
¿qué diré del estado de las mujeres y de la confusión que en estos
tiempos miserables pueden tener? Confúndanse las doncellas de las
veces que han determinado tomar esposo, que, no obstante que sea lícito el
casarse, serlo ha también el confundirse. Pues, si grande fuera el amor de
Cristo, inclináranse mas a mayor perfección. Confúndanse las casadas en
lo que gastan en aderezos de su persona. Miren cuán al revés se visten de la
librea de Cristo. Cuando se ponen cadenas de oro, confúndanse, pues las del
Redentor eran de hierro y llevadas por ignominia. Contemplen sus manos atadas y
confúndanse con sus manillas. Considérenle vestido de blanco por afrenta, y
confúndanse de vestirse de blanco por gala, y el marido que lo sufre no menos
se confunda, pues pagan mal al Señor los vituperios de su pasión. Consideren,
pues, las obras de sus manos y quitarán los anillos de ellas y hallarán que no
merecen ser honradas, saliendo tales obras de ellas. La viuda que
desordenadamente siente la muerte del marido confúndase, pues, quitándole Dios
todos los impedimentos para que más le ame y para que ponga en él el amor que
tenía repartido en el marido, no conociendo este beneficio del Señor, se queja
y agravia, cuasi mostrando hallarse mejor con la criatura que con el Criador,
con mayor razón se quejará Dios de ella, pues aun su viudez llora por
otra compañía, no mostrando contentarse con el trueque. Por lo cual se deben
confundir, oyendo quejarse al Señor por Jeremías diciendo: me
dereliquerunt fontem aque vivae, et foderunt sibi cisternas dissipatas, quae
continere non valent equas. Y mucho más se deben de confundir por lo que
dice en el mismo capítulo, porque espantándose
el
Señor de cómo le dejan dice: quid invenerunt in me iniquitatis quia
elongaverunt se a me? Que quiere decir: ¿qué iniquidad hallan en mí
para apartarse y, para dejarme, que soy fuente de agua viva? Dejo
ahora de tratar de la confusión de todos los estados, así por la brevedad,
como por tener por cierto que, si cada uno hace diligencia en el suyo, hallará
materia de confusión.


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